Por Noelia Benedetto Lic. en psicología MP. 8136, Esp. en sexología clínica y educativa.

La sexualidad también forma parte de nuestra salud y merece vivirse sin culpa, vergüenza ni desinformación.

Durante las últimas décadas, la conversación pública sobre salud sexual avanzó bastante. Hoy tenemos mayor acceso a información, se discuten temas que antes permanecían invisibilizados y cada vez más personas reconocen que la sexualidad es un aspecto importante de su calidad de vida. Sin embargo, hablar de bienestar sexual continúa resultando un tanto incómodo para gran parte de la población, sigue siendo un tabú en pleno 2026.

No se trata solamente de pudor, detrás del silencio persisten prejuicios de larga data, desigualdades de género, educación sexual insuficiente, discursos moralizantes y una cantidad de mitos que condicionan la forma en que las personas viven su deseo, sus vínculos y su propio cuerpo.

El bienestar sexual no debería ser un lujo, un privilegio, ni un tema reservado para especialistas. Forma parte de la salud integral y, como cualquier otra dimensión del bienestar, merece ser abordado libre de estigmas.

El bienestar sexual es mucho más que tener sexo

Una de las principales dificultades para hablar de sexualidad consiste en reducirla exclusivamente al acto sexual, esto deja fuera una enorme cantidad de experiencias que también forman parte de la vida sexual.

La Organización Mundial de la Salud define la salud sexual como un estado de bienestar físico, emocional, mental y social relacionado con la sexualidad, y no solamente como la ausencia de enfermedades o disfunciones.

Desde esta perspectiva, hablar de bienestar sexual también implica hablar de:

  • la relación con el propio cuerpo;
  • el deseo y el placer;
  • la comunicación las personas con las que nos vinculamos;
  • los límites, el consentimiento y el consentimiento;
  • el autoestima;
  • la identidad y la expresión de género;
  • la orientación sexual y/o afectiva;
  • la prevención y el cuidado;
  • el derecho a vivir la sexualidad de manera libre, segura y satisfactoria.

No existe un único modo correcto de experimentar la sexualidad. Cada persona construye su propia historia sexual, es por esto que existen tantas sexualidades como personas. Precisamente por eso, el bienestar sexual no puede medirse por la frecuencia de las relaciones, la cantidad de orgasmos o el cumplimiento de determinados ideales o challenges sexuales.

Una vida sexual saludable es aquella que resulta coherente con los deseos, valores y decisiones de cada persona, siempre que se desarrolle desde el consenso, el consentimiento y el respeto mutuo.

¿De dónde vienen tantos prejuicios?

Si hablar de sexualidad resulta difícil, no es porque exista algo naturalmente vergonzoso en ella. La incomodidad también tiene una historia. Durante siglos, la sexualidad estuvo regulada por discursos religiosos, médicos y jurídicos que definieron qué prácticas eran aceptables y cuáles debían ocultarse, patologizarse o castigarse. Muchas de esas ideas siguen presentes y encienden todos los pánicos morales.

A esto se suma una educación sexual que, en muchos casos, continúa centrándose casi exclusivamente en los riesgos: embarazos no intencionales, infecciones de transmisión sexual o violencias. Todos estos temas son fundamentales, pero cuando constituyen el único contenido disponible, la sexualidad queda asociada casi exclusivamente al peligro.

Rara vez se enseña a reconocer el placer, identificar los propios límites, comunicar deseos, construir vínculos satisfactorios o comprender la diversidad de experiencias sexuales.

Estos prejuicios no afectan a todas las personas de la misma manera. Históricamente, sobre las mujeres recayeron mandatos vinculados con la pasividad, la disponibilidad sexual para otros y la idea de que el placer femenino era secundario o incluso sospechoso. Sobre los varones, en cambio, suelen pesar expectativas relacionadas con el rendimiento, el desempeño constante y la obligación de demostrar virilidad. Ambos modelos producen malestar porque establecen estándares imposibles de cumplir y dejan poco espacio para la autenticidad.

En la actualidad, además, las redes sociales agregan una nueva presión: la comparación permanente. La exposición constante a relatos idealizados sobre la vida sexual puede generar la sensación de que existe una forma "correcta" de vivir el deseo, cuando en realidad la diversidad es la regla y no la excepción.

Hablar de sexualidad también es una forma de cuidar la salud

Muchas personas consultan recién cuando aparece un problema: dolor durante las relaciones, falta de lubricación, dificultades de deseo, problemas de erección, ansiedad de desempeño o conflictos vinculares. Sin embargo, charlar sobre sexualidad antes de que aparezcan dificultades también es una estrategia de promoción de la salud.

Poder formular preguntas, expresar dudas o buscar información confiable permite:

  • desmontar mitos que generan ansiedad e incertidumbre;
  • reconocer expectativas poco realistas;
  • mejorar la comunicación en los vínculos;
  • tomar decisiones informadas sobre anticoncepción y prevención;
  • comprender que muchas experiencias consideradas "anormales" son, en realidad, de los más frecuentes;
  • reducir sentimientos de culpa y vergüenza.

La evidencia científica muestra que una comunicación abierta sobre sexualidad se asocia con mayor satisfacción sexual, mejor funcionamiento de los vínculos y una mayor capacidad para negociar prácticas de cuidado y consentimiento. Hablar no resuelve automáticamente todos los problemas, pero sí disminuye el aislamiento que muchas personas experimentan cuando creen que son las únicas atravesando determinadas dificultades.

El autoconocimiento es el punto de partida del bienestar sexual

Resulta difícil comunicar aquello que ni siquiera conocemos sobre nosotros mismos. Por eso, el autoconocimiento constituye uno de los pilares del bienestar sexual. Conocerse implica aprender a identificar qué produce placer, qué genera incomodidad, cuáles son los propios límites, qué fantasías existen, qué expectativas fueron aprendidas y cuáles realmente representan deseos personales.

Este proceso no se limita a la autoestimulación (prefiero este término al de masturbación porque proviene de perturbar con la mano), aunque para muchas personas puede formar parte del recorrido. También incluye observar las propias emociones, registrar cómo responde el cuerpo en distintos contextos y cuestionar los mandatos que condicionan la experiencia sexual. El autoconocimiento no persigue un ideal de rendimiento ni busca alcanzar determinados objetivos sexuales. Su finalidad consiste en desarrollar una relación más amable y menos exigente con la propia sexualidad.

Cuando una persona conoce mejor su cuerpo y sus preferencias, suele resultar más fácil expresar necesidades, establecer límites, negociar acuerdos y construir encuentros sexuales más satisfactorios para todas las personas involucradas.

Una conversación que todavía tenemos pendiente

Hablar de bienestar sexual significa reconocer que el placer, el deseo, los vínculos, el consentimiento, el cuidado y el autoconocimiento también forman parte de la salud. Cuanto más natural, “común y corriente” resulte conversar sobre estos temas, más posibilidades existirán de prevenir violencias, detectar dificultades tempranamente, desmontar prejuicios y construir experiencias sexuales más libres y satisfactorias.

La sexualidad necesita información certera, espacios seguros para hacer preguntas y conversaciones que, aunque incómodas, permitan reemplazar la vergüenza por conocimiento. Porque el bienestar sexual, lejos de ser un privilegio constituye una dimensión fundamental de la salud y de la calidad de vida.